Los hermanos Karamazov
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Tragedia cl?sica de Dostoievski ambientada en la Rusia del siglo XIX que describe las consecuencias que tiene la muerte de un padre posesivo y dominante sobre sus hijos, uno de los cuales es acusado de su asesinato.
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No terminó la amenaza, pero su hijo le había visto enojado muchas veces y tembló de miedo. Una hora después, el anciano estaba todavía dominado por la cólera. Al atardecer se sintió indispuesto y mandó llamar al curandero.
CAPÍTULO II
Liagavi
Pero había que «galopar», y Mitia no tenía dinero para el viaje: todo lo que le quedaba de su época de prosperidad eran veinte copecs. Tenía un viejo reloj de plata que no funcionaba desde hacía mucho tiempo. Un relojero judío que tenía una tienda en el mercado le dio siete rublos. «¡No lo esperaba!», exclamó Mitia, encantado (continuaba su euforia). Se fue enseguida a su casa, y allí completó la suma pidiendo prestados tres rublos a sus patrones, que se los dieron de buen grado aunque se quedaron sin nada, tan sincero era el afecto que sentían por su huésped. En su exaltación, Mitia les dijo que su suerte iba a decidirse y les explicó —en cuatro palabras, claro es— casi todo el plan que acababa de exponer a Samsonov, el consejo que éste le había dado, sus futuras esperanzas, etcétera. Sus patrones ya habían recibido de él muchas confidencias; le consideraban como de la familia y como un noble nada orgulloso. Mitia envió por caballos de posta para trasladarse a la estación de Volovia. De este modo se pudo comprobar, y se recordó más tarde, que veinticuatro horas antes de que se produjera cierto acontecimiento, Mitia no tenía dinero y que, para procurárselo, había tenido que vender su reloj y pedir prestados tres rublos a sus patrones, todo ello ante testigos.
Pronto se comprenderá por qué anoto estos hechos.
Mientras el coche le conducía a Volovia, Mitia se sentía feliz ante la idea de que al fin iba a resolver sus embrollados asuntos, pero también temblaba de inquietud, preguntándose qué haría Gruchegnka durante su ausencia. ¿Decidiría ir a reunirse con Fiodor Pavlovitch? Por eso se había puesto en camino sin avisarla y, además, había recomendado a sus patrones que no dijeran nada del viaje si alguien iba a preguntar por él.
«Es necesario que regrese esta misma noche —se repetía entre los vaivenes del carricoche— y que me traiga a Liagavi para que quede firmada el acta.» Pero sus deseos, ¡ay!, no se cumplirían.
En primer lugar, empleó más tiempo que el previsto en el camino vecinal de Volovia, pues el recorrido no era de doce verstas, sino de dieciocho. Luego no encontró en su casa al padre Ilinski: se había marchado a la aldea vecina. Ya casi de noche y con los caballos agotados, Mitia partió en busca del pope.
El sacerdote, hombrecillo tímido y endeble, le explicó que Liagavi, al que, en efecto, había tenido hospedado en su casa, estaba entonces en Sukhoi Posielok y pasaría la noche en la isba del guardabosques, pues también traficaba en aquel lugar. Mitia le rogó insistentemente que lo condujera al lado del traficante sin pérdida de tiempo, añadiendo que de ello dependía su salvación, y el pope, tras vacilar un momento (y sintiendo cierta curiosidad), decidió acompañarlo a Sukhoi Posielok. Para desgracia suya, le aconsejó que fueran a pie, ya que no había sino poco más de una versta de camino. Mitia aceptó en el acto y, como era costumbre en él, echó a andar a largos pasos, lo que obligó al pobre padre Ilinski a hacer grandes esfuerzos para seguirlo.
El sacerdote era joven todavía y muy reservado. Mitia empezó inmediatamente a hablar de sus planes, y su boca no se cerró en todo el camino. No cesó de pedir consejos acerca de Liagavi, farfullando nerviosamente, pero el pope se limitaba a escucharle con atención, sin darle los consejos que Dmitri deseaba. Sus respuestas eran elusivas: «De eso no sé nada... ¿Cómo puedo saberlo?...» Cuando Mitia le habló de sus disputas con su padre acerca de la herencia, el sacerdote no pudo ocultar su inquietud, pues dependía en cierto modo de Fiodor Pavlovitch. Le sorprendió que Mitia llamara Liagavi al campesino Gorstkine, y le explicó que, aunque su nombre era efectivamente Liagavi, le hería profundamente que le llamaran así. «Habrá de llamarle Gorstkine si quiere que le escuche y desea obtener algo de él.»
Esto causó cierta sorpresa a Mitia, el cual explicó que Samsonov le había llamado Liagavi. Al saber esto, el pope cambió de conversación, no queriendo participar sus sospechas a Dmitri, sospechas consistentes en que el detalle de que Samsonov hubiera enviado a Mitia a ver al mujik, llamando a éste Liagavi, indicaba alguna mala intención oculta. Sin embargo, Mitia no tenía tiempo para detenerse en semejantes bagatelas. Seguía su camino, y hasta que llegó a Sukhoi Posielok no se dio cuenta de que había recorrido tres verstas en vez de poco más de una. No manifestó su contrariedad. Entraron en la isba. El guardabosques conocía al padre Ilinski. Ocupaba la mitad de la casa; en la otra mitad, separada de la primera por el vestíbulo, vivía el forastero. Se dirigieron a la habitación de éste alumbrándose con una bujía. La isba estaba excesivamente caldeada por la calefacción. En una mesa de pino había un samovar apagado, una bandeja con varias tazas, una botella de ron vacía, una garrafita de aguardiente en la que quedaba muy poco líquido y un pan blanco. El forastero descansaba en un banco, con una prenda de vestir enrollada debajo de la cabeza a modo de almohada. Roncaba; su sueño era pesado. Mitia se quedó perplejo mirándole.
—Tendré que despertarlo —murmuró, inquieto—. Es un asunto importante el que me ha traído aquí, y he venido a toda prisa porque quiero regresar hoy mismo.
Se acercó a Liagavi y lo zarandeó, pero sin conseguir despertarlo.
—Está ebrio —dijo Mitia—. ¿Qué hacer, Dios mío, qué hacer?
Impaciente, empezó a tirarle de las manos, de los pies, a incorporarlo, a sentarlo en el banco; pero tras estas tentativas sólo consiguió oír sordos gruñidos y enérgicas aunque confusas invectivas.
—Lo mejor que puede usted hacer —dijo el sacerdote— es esperar. Ahora no logrará que le atienda.
—Se ha pasado el día bebiendo —dijo el guardabosques.
—¡Si supieran ustedes la situación en que estoy y la necesidad que tengo de hablar con él! —exclamó Mitia.
—Le aconsejo que espere a mañana para hablarle —insistió el pope.
—¿Hasta mañana? ¡Imposible!
Desazonado, se dispuso a seguir sacudiendo al traficante, pero no llegó a hacerlo, al comprender que sería inútil. El sacerdote permanecía mudo; el guardabosques se caía de sueño y su semblante era sombrío.
—¡Qué tragedias nos reserva la vida! —exclamó Mitia, desesperado.
El sudor corría por su rostro. El sacerdote aprovechó un momento en que le vio calmado para hacerle comprender que, aunque consiguiera despertar al traficante, éste, debido a su embriaguez, no estaría en condiciones de hacer ningún trato.
—Ya que el asunto que le ha traído aquí es tan importante, mejor será que lo deje tranquilo hasta mañana.
