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Hija de la fortuna

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Hija de la fortuna
Название: Hija de la fortuna
Автор: Allende Isabel
Дата добавления: 15 январь 2020
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Hija de la fortuna - читать бесплатно онлайн , автор Allende Isabel

Eliza Sommers es una joven chilena que vive en Valpara?so en 1894, el a?o en que se descubre oro en California. Su amante, Joaqu?n Andieta, parte hacia el norte decidido encontrar fortuna, y ella decide seguirlo. El viaje infernal, escondida en la cala de un velero, y la b?squeda de su amante en una tierra de hombres solos y prostitutas atra?dos por la fiebre del oro, transforman a la joven inocente en una mujer fuera de lo com?n. Eliza recibe ayuda y afecto de Tao Chi`en, un m?dico chino, quien la conducir? de la mano en un itinerario memorable por los misterios y contradicciones de la condici?n humana.

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– Ya sabes, siempre se enferma para el cumpleaños de Eliza. No ha podido reponerse de la muerte de la muchacha -explicó.

– De eso quiero hablarles -replicó el capitán.

Miss Rose no supo cuánto amaba a Eliza hasta que le faltó, entonces sintió que la certeza del amor maternal le llegaba demasiado tarde. Se culpaba por los años en que la quiso a medias, con un cariño arbitrario y caótico; las veces que se olvidaba de su existencia, demasiado ocupada en sus frivolidades, y cuando se acordaba descubría que la chiquilla había estado en el patio con las gallinas durante una semana. Eliza había sido lo más parecido a una hija que jamás tendría; por casi diecisiete años fue su amiga, su compañera de juegos, la única persona en el mundo que la tocaba. A Miss Rose le dolía el cuerpo de pura y simple soledad. Echaba de menos los baños con la niña, cuando chapoteaban felices en el agua aromatizada con hojas de menta y romero. Pensaba en las manos pequeñas y hábiles de Eliza lavándole el cabello, masajeándole la nuca, puliéndole las uñas con un trozo de gamuza, ayudándola a peinarse. Por las noches se quedaba esperando, con el oído atento a los pasos de la muchacha trayéndole su copita de licor anisado. Ansiaba sentir una vez más en la frente su beso de buenas noches. Miss Rose ya no escribía y suspendió por completo las tertulias musicales que antes constituían el eje de su vida social. La coquetería también se le pasó y estaba resignada a envejecer sin gracia, "a mi edad sólo se espera de una mujer que tenga dignidad y huela bien", decía. Ningún vestido nuevo salió de sus manos en esos años, seguía usando los mismos de antes y ni cuenta se daba que ya no estaban a la moda. La salita de costura permanecía abandonada y hasta la colección de bonetes y sombreros languidecía en cajas, porque había optado por el manto negro de las chilenas para salir a la calle. Ocupaba sus horas releyendo a los clásicos y tocando piezas melancólicas en el piano. Se aburría con determinación y método, como un castigo. La ausencia de Eliza se convirtió en buen pretexto para llevar luto por las penas y pérdidas de sus cuarenta años de vida, sobre todo la falta de amor. Eso lo sentía como una espina bajo la uña, un constante dolor en sordina. Se arrepentía de haberla criado en la mentira; no podía entender por qué inventó la historia de la cesta con las sábanas de batista, la improbable mantita de visón y las monedas de oro, cuando la verdad habría sido mucho más reconfortante. Eliza tenía derecho a saber que el adorado tío John era en realidad su padre, que ella y Jeremy eran sus tíos, que pertenecía a la familia Sommers y no era una huérfana recogida por caridad. Recordaba horrorizada cuando la arrastró hasta el orfelinato para darle un susto, ¿qué edad tenía entonces? Ocho o diez, una criatura. Si pudiera empezar de nuevo sería una madre muy diferente… De partida, la habría apoyado cuando se enamoró, en vez de declararle la guerra; si lo hubiera hecho, Eliza estaría viva, suspiraba, era culpa suya que al huir encontrara la muerte. Debió acordarse de su propio caso y entender que a las mujeres de su familia el primer amor las trastornaba. Lo más triste era no tener con quién hablar de ella, porque también Mama Fresia había desaparecido y su hermano Jeremy apretaba los labios y salía de la habitación si la mencionaba. Su pesadumbre contaminaba todo a su alrededor, en los últimos cuatro años la casa tenía un aire denso de mausoleo, la comida había decaído tanto, que ella se alimentaba de té con galletas inglesas. No había conseguido una cocinera decente y tampoco la había buscado con mucho ahínco. La limpieza y el orden la dejaban indiferente; faltaban flores en los jarrones y la mitad de las plantas del jardín languidecían por falta de cuidado. Durante cuatro inviernos las cortinas floreadas del verano colgaban en la sala sin que nadie se diera el trabajo de cambiarlas al final de la temporada.

Jeremy no hacía reproches a su hermana, comía cualquier mazamorra que le pusieran por delante y nada decía cuando sus camisas aparecían mal planchadas y sus trajes sin cepillar. Había leído que las mujeres solteras solían sufrir peligrosas perturbaciones. En Inglaterra habían desarrollado una cura milagrosa para la histeria, que consistía en cauterizar con hierros al rojo ciertos puntos, pero aquellos adelantos no habían llegado a Chile, donde todavía se empleaba agua bendita para esos males. En todo caso, era un asunto delicado, difícil de mencionar ante Rose. No se le ocurría cómo consolarla, el hábito de discreción y silencio entre ellos era muy antiguo. Procuraba complacerla con regalos comprados de contrabando en los barcos, pero nada sabía de mujeres y llegaba con objetos horrendos que pronto desaparecían al fondo de los armarios. No sospechaba cuántas veces su hermana se acercó cuando él fumaba en su sillón, a punto de desplomarse a sus pies, apoyar la cabeza en sus rodillas y llorar hasta nunca acabar, pero en el último instante retrocedía asustada, porque entre ellos cualquier palabra de afecto sonaba como ironía o imperdonable sentimentalismo. Tiesa y triste, Rose mantenía las apariencias por disciplina, con la sensación de que sólo el corsé la sostenía y al quitárselo se desmoronaba en pedazos. De su alborozo y sus travesuras nada quedaba; tampoco de sus atrevidas opiniones, sus gestos de rebeldía o su impertinente curiosidad. Se había convertido en lo que más temía: una solterona victoriana. "Es el cambio, a esta edad las mujeres se desequilibran" opinó el boticario alemán y le recetó valeriana para los nervios y aceite de hígado de bacalao para la palidez.

El capitán John Sommers reunió a sus hermanos en la biblioteca para contarles la noticia.

– ¿Se acuerdan de Jacob Todd?

– ¿El tipo que nos estafó con el cuento de las misiones en Tierra del Fuego? -preguntó Jeremy Sommers.

– El mismo.

– Estaba enamorado de Rose, si mal no recuerdo -sonrió Jeremy, pensando que al menos se habían librado de tener aquel mentiroso por cuñado.

– Se cambió el nombre. Ahora se llama Jacob Freemont y está convertido en periodista en San Francisco.

– ¡Vaya! De manera que es cierto que en los Estados Unidos cualquier truhán puede empezar de nuevo.

– Jacob Todd pagó su falta de sobra. Me parece espléndido que exista un país que ofrece una segunda oportunidad.

– ¿Y el honor no cuenta?

– El honor no es lo único, Jeremy.

– ¿Hay algo más?

– ¿Qué nos importa Jacob Todd? Supongo que no nos has reunido para hablar de él, John -balbuceó Rose tras su pañuelo empapado en perfume de vainilla.

– Estuve con Jacob Todd, Freemont, mejor dicho, antes de embarcarme. Me aseguró que vio a Eliza en San Francisco.

Miss Rose creyó que por primera vez en su vida iba a desmayarse. Sintió el corazón disparado, las sienes a punto de explotarle y una oleada de sangre en la cara. No pudo articular ni una palabra, sofocada.

– ¡A ese hombre nada se le puede creer! Nos dijiste que una mujer juró haber conocido a Eliza a bordo de un barco en 1849 y no tenía dudas de que había muerto -alegó Jeremy Sommers paseándose a grandes trancos por la biblioteca.

– Cierto, pero era una mujerzuela y tenía el broche de turquesas que yo le regalé a Eliza. Pudo haberlo robado y mintió para protegerse. ¿Qué razón tendría Jacob Freemont para engañarme?

– Ninguna, sólo que es farsante por naturaleza.

– Basta, por favor -suplicó Rose, haciendo un colosal esfuerzo por sacar la voz-. Lo único que importa es que alguien vio a Eliza, que no está muerta, que podemos encontrarla.

– No te hagas ilusiones, querida. ¿No ves que éste es un cuento fantástico? Será un golpe terrible para ti comprobar que es una falsa noticia -la previno Jeremy.

John Sommers les dio los pormenores del encuentro entre Jacob Freemont y Eliza, sin omitir que la chica estaba vestida de hombre y tan cómoda en su ropa, que el periodista no dudó que se trataba de un muchacho. Agregó que partieron ambos al barrio chileno a preguntar por ella, pero no sabían qué nombre usaba y nadie pudo, o quiso, darles su paradero. Explicó que Eliza sin duda fue a California a reunirse con su enamorado, pero algo salió mal y no se encontraron, puesto que el propósito de su visita a Jacob Freemont fue averiguar sobre un pistolero de nombre parecido.

– Debe ser él. Joaquín Andieta es un ladrón. De Chile salió escapando de la justicia -masculló Jeremy Sommers.

No había sido posible ocultarle la identidad del enamorado de Eliza. Miss Rose también debió confesarle que solía visitar a la madre de Joaquín Andieta para averiguar noticias y que la desdichada mujer, cada vez más pobre y enferma, estaba convencida de que su hijo había muerto. No había otra explicación para su largo silencio, sostenía. Había recibido una carta de California, fechada en febrero de 1849, una semana después de su llegada, en la cual le anunciaba sus planes de partir a los placeres y reiteraba su promesa de escribirle cada quince días. Luego nada más: había desaparecido sin dejar huellas.

– ¿No les parece extraño que Jacob Todd reconociera a Eliza fuera de contexto y vestida de hombre? -preguntó Jeremy Sommers-. Cuando la conoció era una chiquilla. ¿Cuántos años hace de eso? Por lo menos seis o siete. ¿Cómo podía imaginar que Eliza estaba en California? Esto es absurdo.

– Hace tres años yo le conté lo que sucedió y él me prometió buscarla. Se la describí en detalle, Jeremy. Por lo demás, a Eliza nunca le cambió mucho la cara; cuando se fue todavía parecía una niña. Jacob Freemont la buscó por un buen tiempo, hasta que le dije que posiblemente había muerto. Ahora me prometió volver a intentarlo, incluso piensa contratar a un detective. Espero traerles noticias más concretas en el próximo viaje.

– ¿Por qué no olvidamos este asunto de una vez por todas? -suspiró Jeremy.

– ¡Porque es mi hija, hombre, por Dios! -exclamó el capitán.

– ¡Yo iré a California a buscar a Eliza -interrumpió Miss Rose, poniéndose de pie.

– ¡Tú no irás a ninguna parte¡ -explotó su hermano mayor.

Pero ella ya había salido. La noticia fue una inyección de sangre nueva para Miss Rose. Tenía la certeza absoluta de que encontraría a su hija adoptiva y por primera vez en cuatro años existía una razón para continuar viviendo. Descubrió admirada que sus antiguas fuerzas estaban intactas, agazapadas en algún lugar secreto de su corazón, listas para servirle como la habían servido antes. El dolor de cabeza desapareció por encanto, transpiraba y sus mejillas estaban rojas de euforia cuando llamó a las criadas para que la acompañaran al cuarto de los armarios a buscar maletas.

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