Limpieza De Sangre
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– Volviendo a nuestro Íñigo -prosiguió Guadalmedina-. Si no testifica contra ti, Alatriste, la cosa se detiene ahí. Pero él sí está detenido, y al parecer cuentan con testimonios graves. Eso lo convierte en reo de la Inquisición.
– ¿Qué pueden hacerle?
– Pueden hacerle de todo. A la moza la van a quemar, tan fijo como que Cristo es Dios. En cuanto a él, depende. Igual sale librado con unos años de prisión, doscientos azotes, un encorozamiento o qué sé yo. Pero riesgo de hoguera, haylo.
– ¿Y qué pasa con Olivares? -preguntó Don Francisco.
Guadalmedina hizo un gesto vago. Había vuelto a coger la pipa de barro y chupaba de ella, entornando los ojos entre el humo.
– Ha recibido el mensaje y verá el asunto, aunque no debemos esperar mucho de él… Si tiene algo que decir, nos lo hará saber.
– Pardiez, que no es gran cosa -apuntó Don Francisco, malhumorado.
Guadalmedina miró al poeta frunciendo un poco el ceño.
– El privado de Su Majestad tiene otros negocios que atender.
Lo dijo en tono algo seco. Álvaro de la Marca admiraba el talento del señor de Quevedo, y lo estimaba como íntimo del capitán y por gozar entrambos de amigos comunes -habían coincidido además en Nápoles, con el duque de Osuna-. Pero el aristócrata era también poeta en ratos perdidos, y le escocía que el señor de la Torre de Juan Abad no apreciara sus versos. Y más cuando, para congraciarse, habíale dedicado una octava que era de las mejores salidas de su pluma; aquella bien conocida que empezaba:
Al buen Roque en sufrido claudicante…
El capitán no les prestaba atención, ocupado en desenvolver el paquete que había traído el aristócrata. Álvaro de la Marca dio más chupadas a la pipa sin quitarle ojo.
– Ve con mucho tiento, Alatriste -dijo al cabo.
Éste no respondió; miraba con atención los objetos de Guadalmedina. Sobre la arrugada manta del jergón había un plano y dos llaves.
Hervía la olla del Prado. Era la rúa del atardecer, y los carruajes que venían desde la puerta de Guadalajara y la calle Mayor demorábanse entre las fuentes y bajo las alamedas, mientras el sol poniente rozaba ya los tejados de Madrid. Entre la esquina de la calle de Alcalá y la desembocadura de la carrera de San Jerónimo todo era un ir y venir de coches cubiertos y descubiertos, jinetes al estribo de las damas, tocas blancas de dueñas, mandiles de criadas, escuderos, vendedores con agua del Caño Dorado y aloja, mujeres que pregonaban fruta, pucherillos de nata, vidrios de conserva y golosinas.
Como grande de España, con fuero de estar cubierto ante el Rey nuestro señor, el conde de Guadalmedina tenía derecho a usar un coche de cuatro mulas -el tiro de seis quedaba reservado a Su Majestad-; más para la ocasión, que requería discreto aparato, había elegido en sus cocheras un modesto carruaje sin divisa a la vista, con dos razonables mulas grises y cochero sin librea. Era, sin embargo, lo bastante amplio para que él mismo, Don Francisco de Quevedo y el capitán Alatriste pudieran acomodarse con espacio de sobra y aguardar, Prado arriba y Prado abajo, la cita concertada. Pasaban, por tanto, inadvertidos entre las docenas de coches que se movían despacio en aquella hora crepuscular en que el Madrid elegante se esparcía en las proximidades del convento de los Jerónimos, con canónigos graves que paseaban abriendo el apetito para la cena, estudiantes tan ricos de ingenio como pobres de maravedís, comerciantes o artesanos con espada al cinto y apellidándose de hidalgos, y sobre todo mucho galán templando terceras -y no me refiero precisamente a cuerdas de guitarra-, muchas manos blancas abrochando y desabrochando cortinillas de carruaje, y mucha dama tapada o sin tapar, descubriendo, fuera del estribo y como al descuido de la basquiña, media vara de seductor guardainfante. A medida que fueran languideciendo los restos del día, el Prado se iría llenando de sombras; y, retirada la gente de respeto, camparían por el lugar tusonas, caballeros en busca de aventuras y pícaros en general, tornándose el lugar escenario de lances, citas galantes y encuentros furtivos bajo los álamos. Todo eso se preñaba ahora con disimulo y muy buenas maneras, cambiándose billetes de coche a coche entre miradas, golpes de abanico, insinuaciones y promesas. Y algunos de los más respetables caballeros y damas que allí se cruzaban sin aire de conocerse, iban a dar en amorosos apartes en cuanto se pusiera el sol, aprovechando la intimidad del coche, o el resguardo de una de las fuentes de piedra que adornaban el paseo, para hacer buena presa. Y no eran inusuales las consabidas cuchilladas, en que lo mismo andaban enamorados, amantes celosos, o maridos que se topaban con especias ajenas en la olla. Sobre este último género había escrito el difunto conde de Villamediana -a quien por lenguaraz habíanle reventado las asaduras de un ballestazo en plena rúa de la calle Mayor- aquellos celebrados versos:
Álvaro de la Marca, que era rico, soltero y habitual de Prado y calle Mayor, y por tanto de los que hacían en Madrid cornudos en reatas de a doce, andaba aquel atardecer en otro registro. Vestido con discreto traje de paño tan gris como su cochero y sus mulas, procuraba no llamar la atención; hasta el punto de que, atisbando por las cortinillas entornadas, retiróse con presteza al paso de un coche descubierto donde iban damas con guarnición copiosa de pasamanos de plata, seda y abanillos de Nápoles, a las que no le interesaba saludar y de las que, sin duda, era conocido más de lo conveniente. En la otra ventanilla, Don Francisco de Quevedo estaba también al acecho tras su cortina a medio cerrar. Diego Alatriste venía entre ambos, estiradas las piernas cubiertas por sus altas botas de cuero, mecido por el suave balanceo del coche y silencioso como de costumbre. Los tres llevaban la espada entre las rodillas y puesto el sombrero.
– Ahí está -dijo Guadalmedina.
Quevedo y Alatriste se inclinaron un poco hacia el lado del conde, para echar un vistazo. Un carruaje negro parecido al suyo, sin divisa en la portezuela y con las cortinas echadas, acababa de pasar la Torrecilla y se adentraba en el paseo. El auriga vestía de pardo, con una pluma blanca y otra verde en el sombrero.
Guadalmedina abrió la trampilla y dio instrucciones a su cochero, que sacudió las riendas para ponerse al paso del otro. Anduvieron así corto trecho hasta que el primer carruaje se detuvo en un rincón discreto, bajo las ramas de un viejo castaño junto a las que corría el agua de una fuente rematada por delfín de piedra. Detúvose el segundo coche a su lado. Abrió la puerta Guadalmedina, y descendió al estrecho espacio que quedaba entre ambos. Lo mismo hicieron Alatriste y Quevedo, quitándose los sombreros. Y al descorrerse la cortinilla apareció un rostro sanguíneo y firme, endurecido por ojos oscuros, inteligentes, barba y mostacho feroces, una cabeza grande sobre hombros poderosos, y el dibujo de una roja cruz de Calatrava. Aquellos hombros soportaban el peso de la monarquía más vasta de la tierra, y pertenecían a Don Gaspar de Guzmán, conde de Olivares, privado de nuestro señor Don Felipe IV, Rey de las Españas.
– No esperaba volver a veros tan pronto, capitán Alatriste. Os hacía camino de Flandes.
– Ésa era mi intención, Excelencia. Pero se cruzó un asunto.
– Ya veo… ¿Os han dicho alguna vez que poseéis una rara habilidad para complicaros la vida?
Era un diálogo insólito, habida cuenta que lo mantenían el privado del Rey de España y un oscuro espadachín. En el estrecho espacio que mediaba entre los dos coches, Guadalmedina y Quevedo escuchaban en silencio. El Conde de Olivares había intercambiado con ellos saludos convencionales, y ahora se dirigía al capitán Alatriste con una atención casi cortés que atenuaba la altivez de su gesto adusto. No era usual tamaña deferencia en el valido, y el hecho no escapaba a nadie.