La piel del tambor
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Un pirata inform?tico irrumpe clandestinamente en el ordenador personal del Papa. Entretanto, en Sevilla una iglesia barroca se ve obligada a defenderse matando a quienes est?n dispuestos a demolerla. El Vaticano env?a un agente, sacerdote, especializado en asuntos sucios: el astuto y apuesto padre Lorenzo Quart, quien en el curso de sus investigaciones ver? quebrantarse sus convicciones e incluso peligrar sus votos de castidad ante una deslumbrante arist?crata sevillana… Estos son solo algunos de los elementos que conforman esta laber?ntica intriga donde se dan cita el suspense, el humor y la Historia a lo largo de un apasionante recorrido por la geograf?a urbana de una de las ciudades m?s bellas del mundo.
«Arturo P?rez-Reverte es el novelista m?s perfecto de la literatura espa?ola de nuestro tiempo.»
El Pa?s
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En Las Teresas colgaban jamones entre botellas de La Guita, viejos carteles de Semana Santa y de la Feria de Abril, fotos de toreros delgados y serios muertos tiempo atrás, con la tinta de sus dedicatorias amarilleando tras el cristal de los marcos. Los camareros anotaban los precios de las consumiciones sobre el mostrador de madera mientras Pepe, el encargado, cortaba lonchas finas de Jabugo con un cuchillo largo y afilado como una hoja de afeitar:
Cómo me alegra,
primito hermano,
cómo me alegra,
comer jamón serrano
de pata negra.
Cantaba entre dientes, por sevillanas. Había llamado doña Macarena a la acompañante de Quart y les puso delante, sin que ninguno de los dos tuviera ocasión de pedir nada, tapas de magro con tomate, puntillas fritas, caña de lomo, champiñones a la plancha, y dos copas esbeltas, de largo tallo, llenas en sus dos tercios de olorosa y dorada manzanilla. Cerca de la puerta, acodado en la barra junto a Quart, un parroquiano de aspecto habitual y rostro enrojecido trasegaba concienzudamente tinto tras tinto; y de vez en cuando Pepe interrumpía la copla y, sin retirar su atención de las lonchas de jamón, le dirigía unas palabras sobre cierto partido de fútbol que estaba a punto de jugarse entre el Sevilla y el Betis.
– Apoteósico -puntualizaba el de la cara colorada, con tozudez alcohólica; y mientras Pepe asentía con la cabeza, reanudando la copla, el otro volvía a hundir la nariz en el vaso de vino. Por el bolsillo superior de su chaqueta asomaba la cabeza un pequeño ratón gris, auténtico, al que de vez en cuando ofrecía trocitos del plato de queso que estaba a su lado, en la barra. El roedor devoraba el queso con diligencia, y nadie parecía sorprenderse lo más mínimo.
Macarena bebía manzanilla a lentos sorbos. Apoyaba un codo en la barra, tan segura como si estuviera en la Casa del Postigo. En realidad, pudo apreciar Quart, se movía por todo Santa Cruz cual si fueran las habitaciones de su propia casa; y en cierto modo lo eran, o lo habían sido durante siglos. Saltaba a la vista que cada rincón venía inscrito en su memoria genética, en su instinto de territorio. Quart confirmó la impresión -y eso no tranquilizaba al agente del IOE- de que le era difícil concebir ese barrio y la ciudad sin la presencia de aquella mujer y lo que ésta significaba. Cabello negro recogido en la nuca, dientes blancos, ojos oscuros. De nuevo recordó las pinturas de Romero de Torres, el edificio de la Tabacalera ahora convertido en Universidad. Carmen la cigarrera y las hojas de tabaco húmedo enrollándose en la palma de la mano, contra la cara interior de un muslo de mujer de piel morena. Alzó los ojos y encontró los de ella fijos en los suyos. Otra vez reflejos de miel, reflexivos. Tranquilos.
– ¿Le gusta Sevilla? -inquirió de pronto Macarena.
– Mucho -respondió turbado, preguntándose si ella penetraba sus sentimientos.
– Es un sitio especial -seguía mirándolo sin dejar de picotear en los platos; ahora daba cuenta de un champiñón a la plancha-. Aquí el pasado convive sin problemas con el presente. Gris dice que los sevillanos somos viejos y sabios. Todo puede aceptarse, todo es posible -miró brevemente a su vecino de la cara colorada, y sonrió-… Hasta compartir queso con un ratón en la barra de un bar.
– ¿Su amiga es experta informática?
Lo miró con extrañeza. Casi admirada.
– No se da por vencido, ¿verdad? -pinchó otro champiñón con un palillo y se lo llevó a la boca-. Usted es hombre de ideas fijas. ¿Por qué no se lo pregunta a ella?
– Ya lo hice. Y salió con evasivas, como todo el mundo.
Miraba hacia la puerta, por encima del hombro de la mujer, y vio entrar a un hombre gordo, cincuentón y vestido de blanco, que por un instante no le pareció completamente desconocido. El gordo se quitó el sombrero al pasar junto a ellos, echó un vistazo en el interior como si buscara inútilmente a alguien, consultó el reloj que extrajo de un bolsillo de su chaleco y fue a desaparecer por la otra puerta, balanceando un bastón con puño de plata. Quart observó que tenía la mejilla izquierda enrojecida, cubierta por crema o pomada, y un curioso bigote corto y muy encogido, como si se lo acabasen de chamuscar.
– ¿Y qué hay de la postal? -le preguntó a Macarena, prosiguiendo la conversación-… ¿Tiene Gris Marsala acceso al baúl de su tía abuela Carlota?
La vio sonreír un poco, divertida por sus ideas fijas.
– Alguna vez estuvo cerca, si es a lo que se refiere. Pero también podía haber sido don Príamo. Tal vez el padre Óscar, o yo misma. O mi madre… ¿Se imagina a la duquesa, con sus coca-colas y una gorra de béisbol puesta del revés, haciendo saltar las claves de seguridad del Vaticano a las tantas de la madrugada?… -pinchó un trozo de carne con tomate y se lo ofreció a Quart-. Me temo que su investigación puede rondar lo grotesco.
Quart cogió un extremo del palillo, y sus dedos rozaron los de Macarena.
– Me gustaría echarle un vistazo a ese baúl.
Se llevó la tapa a la boca mientras ella lo miraba:
– ¿Usted y yo, a solas? -sonreía-. Es una idea algo atrevida, aunque temo que el fin sea comprobar si tengo ordenador pirata -Pepe había puesto sobre la barra el plato de jamón y ella miraba las lonchas rojizas veteadas de oloroso tocino, distraída-. Por qué no. Podré contárselo a mis amigas, y me apetece imaginar qué cara pondrá el arzobispo cuando se entere -inclinó la cabeza, pensativa-. O mi marido.
Quart miraba los aros de plata en los lóbulos de sus orejas, bajo el cabello liso bien peinado hacia atrás, tenso en la cola de caballo.
– No quisiera crearle más problemas.
Ella se echó a reír de pronto.
– ¿Problemas?… Espero que Pencho reviente de rabia y de celos. Si además de fastidiarle la iglesia le cuentan que hay un sacerdote interesante de por medio, puede volverse loco -observó a Quart, atenta-. Y peligroso.
– Me inquieta usted -Quart apuraba su copa de manzanilla, y era evidente que no se sentía inquieto en absoluto.
Reflexionaba Macarena:
– De cualquier modo -dijo- lo del baúl de Carlota es una buena idea. Comprenderá mejor lo que significa Nuestra Señora de las Lágrimas.
– Su amiga Gris -Quart probó una loncha de jamón- se queja de la falta de dinero para continuar las obras…
– Es cierto. La duquesa y yo tenemos lo justo para vivir, y la parroquia está arruinada. El sueldo de don Príamo es pequeño, y la colecta dominical no paga ni la cera de las velas. A veces nos sentimos como esos exploradores de las películas, con la sombra de los buitres planeando sobre nuestras cabezas… Los jueves, sobre todo, se produce un espectáculo curioso.
Entonces le detalló a Quart, ante un par de nuevas manzanillas, que Nuestra Señora de las Lágrimas era intocable mientras se dijera misa en ella por el alma de su antepasado Gaspar Bruner de Lebrija, todos los jueves -día de su fallecimiento en el año 1709- a las ocho de la mañana. Esa era la causa de que cada jueves pudiera verse en la última fila de bancos a un enviado del arzobispo y a un notario pagado por Pencho Gavira, al acecho ambos de una irregularidad o un descuido.
Quart no podía creer aquello, y ambos rieron juntos. Pero la risa de Macarena se extinguió antes que la suya:
– Parece infantil, ¿verdad? -se había puesto repentinamente seria-. Que todo dependa de esa estupidez -alzó la copa para llevársela a los labios, pero interrumpió el gesto a la mitad, dejándola de nuevo en el mostrador-. Cualquier otro sacerdote que no dijera misa o pasara por alto la fórmula condenaría la iglesia a la piqueta; y tanto el arzobispo de Sevilla como el Banco Cartujano habrían ganado la partida… Por eso tengo miedo a que, alejado el padre Óscar, intenten algo contra don Príamo.
Miraba a Quart con inquietud en apariencia sincera. Éste no sabía qué pensar.