Iacobus
Iacobus читать книгу онлайн
La novela narra las peripecias de Galcer?n de Born, caballero de la orden del Hospital de San Juan, enviado por el papa Juan XXII a una misi?n secreta: desvelar la posible implicaci?n de los caballeros templarios, clandestinos tras la reciente disoluci?n de su orden, en el asesinato del papa Clemente V y el rey Felipe IV de Francia. Tras este encargo, se esconde en realidad la intenci?n de encontrar los lugares secretos, situados a lo largo del Camino, donde los templarios albergar enormes riquezas y que Galcer?n de Born debe encontrar.
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– Pero ¿cómo es posible…? -preguntó casi en un grito.
– ¡Sara la hechicera! -exclamé soltando una carcajada-. ¿Dónde habéis dejado vuestro grajo parlanchín?
– Se quedó en París, en casa de una vecina a quien vendí mis útiles de brujería.
Sonreía. ¡Qué sonrisa más encantadora! Sin duda, yo era víctima de algún embrujo, pues no podía dejar de mirarla. A través de una bruma inexistente observé que llevaba el extraño pelo blanco recogido tras la cabeza con una redecilla, que su piel nacarada había adquirido un agradable tono dorado debido sin duda al viaje y que las constelaciones de lunares y pecas continuaban en sus sitios respectivos, según yo recordaba quizá demasiado bien. Como siempre que estaba con ella, tenía que ejercer un férreo control sobre mis emociones. Me di cuenta que me hallaba, precisamente, en la situación que había querido evitar cuando me encontrara con Sara: ella sabia que Jonás era mi hijo, pero había prometido tratarle como mi escudero, que era lo que el muchacho creía ser; por otro lado, allí estaba Nadie, que gracias a una mentira, creía que Jonás era mí hijo verdadero, como así era. ¿Y ahora qué hacía yo? Debía tomar, rápidamente, las riendas de la situación, antes de que se produjera algún desliz irreparable.
– Aquí tenéis a mi hijo García, ¿le recordáis, Sara?
Sara me miró sin comprender, pero, como era una mujer perspicaz, en cuanto me vio desviar la mirada imperceptiblemente hacia el viejo, se puso a la altura de las circunstancias.
– Me alegro de veros, García -repuso poniéndose de puntillas para alcanzar con la mano la testa despeinada de Jonás-. Veo que habéis seguido creciendo y que ya sois tan alto como vuestro padre.
– Y yo me alegro de que no hayáis traído a vuestro grajo -puntualizó Jonás por todo saludo, pero, a pesar de la brusquedad que imprimió a sus palabras, sus labios curvados en sonrisa y el rojo bermellón de sus carrillos indicaban la satisfacción que sentía de volver a verla.
– Y éste, Sara -dije continuando con los saludos y las presentaciones-, éste es Nadie, un compañero de viaje que nos ha facilitado con su generosidad el que hayamos podido encontraros.
– ¡Qué nombre tan curioso! ¿Cómo habéis dicho que se llama…?
– Me llamo Nadie, doña Sara. Fue don Galcerán quien me puso este nombre, aunque bien es verdad -quiso puntualizar rápidamente- que tengo otro más apropiado a mi condición de viajero y comerciante, pero como Nadie me gusta, si no os incomoda demasiado, llamadme así.
– Por supuesto, señor, cada cual es muy libre de hacerse llamar como más le guste.
– ¿Y vos, Sara? -pregunté sin dejar de mirarla-. ¿Qué hacéis vos por aquí?
– Es una historia muy larga para el corto tiempo que ha pasado desde que os marchasteis de París. Y ahora tampoco es el momento de contarla. Lo importante es saber si habéis cenado y, sí no es así, si os apetecería compartir conmigo la humilde mesa de los Ben Maimón.
– Sí que hemos cenado -comenté desolado, y profundamente arrepentido de no haber dejado al muchacho y al viejo en el albergue. Aparte de concretar que haríamos el camino juntos hasta Burgos, no tenía ninguna buena excusa para prolongar el encuentro con Sara; estaba claro que en aquel momento ni yo podía contarle a ella el motivo de nuestro viaje ni ella podía contarme a mí el motivo del suyo. Me convencí de que la única solución era concertar una cita para más tarde, para cuando hubiera logrado desembarazarme de mis dos acompañantes, pero, por fortuna, Sara había tenido los mismos pensamientos, porque cuando nos despedimos hasta el día siguiente en la puerta de la tienda de Judah, se las arregló para deslizar subrepticiamente en mi oído el recado de que me esperaba en la puerta del mercado en cuanto el chico y el viejo se durmieran.
Poco antes de la hora de maitines, a medianoche, la respiración acompasada de Nadie y los farfulleos incoherentes del muchacho me indicaron que había llegado el momento de abandonar el aposento de la alberguería y dirigirme a la cita con Sara. Tuve que avanzar escondiéndome de las patrullas nocturnas, pero al final llegué a las puertas del mercado y distinguí, en la penumbra, dos siluetas que me estaban esperando.
– Este es Salomón, el aydem de Judah -susurró Sara, y, cogiéndome de la mano, tiró de mí en dirección a la aljama-. Venid. Aquí corremos peligro.
Como tres malhechores que escapan de la justicia, rodeamos a hurtadillas las murallas de la judería y, al llegar a un recodo disimulado en las faldas del monte, las atravesamos por un portillo diminuto oculto tras la maleza.
En pocos minutos nos encontrábamos de nuevo en la sedería de Judah, que nos esperaba pacientemente avivando el fuego.
– Ven, Salomón -le dijo a su yerno-. Ellos deben hablar a solas.
– Gracias, abba [35] -musitó Sara, dejando caer sobre los hombros la mantellina con la que se había cubierto la cabeza hasta ese momento-. Tomad asiento, sire -me dijo, indicando dos taburetes que habían dispuesto para nosotros frente a la hoguera.
Si el mundo se hubiera parado en aquel momento, si aquella noche, aquel instante hubiera durado eternamente, yo no hubiera protestado ni hubiera exigido el regreso del sol. Tenía bastante para llenar el resto de mi vida con mirar el rostro de Sara iluminado por el fuego y su pelo blanco, suelto, argentando entre la seda.
– ¿Empiezo yo o empezáis vos? -preguntó con ese tonillo impertinente que tan bien recordaba de París.
– Empezad vos, señora, tengo una gran curiosidad por saber qué hacéis en estas tierras.
Sara sonrió y se entretuvo contemplando los leños al rojo. Uno de ellos se cuarteó con un crujido y se desparramó sobre los demás.
– ¿Recordáis que yo había hecho algunos favores a Mafalda d‘Artois, la suegra del rey Felipe el Largo?
– En efecto, así me lo dijisteis.
– Pues bien, al parecer su dama de compañía, Beatriz d‘Hirson, con la que vos mantuvisteis una entrevista, según supe poco después, alertó a Mafalda sobre la conveniencia de hacerme desaparecer. Eran muchas las cosas que yo sabía de la suegra del rey, demasiadas para que una ligera insinuación no abriera la caja de Pandora.
– Lamento haber sido el causante de vuestra desgracia.
– ¡Oh, no, sire Galcerán! ¡Pero si me habéis hecho un favor! -replicó con firmeza, retirándose el pelo de la cara y enganchándolo suavemente tras las orejas-. Si vos no hubierais removido el fango, probablemente yo hubiera seguido toda mi vida en el agonizante gueto de Paris. Cuando supe por una buena amiga, dama también de la corte, que las tropas se apresuraban a detenerme por orden de Mafalda, comprendí que había estado perdiendo el tiempo y que aquello era una señal para que me pusiera en marcha y llevara a cabo lo que de verdad deseaba hacer.
– ¿Y qué es ello? -pregunté intrigado.
– A vos no voy a mentiros, puesto que también vuestra vida está involucrada con los Mendoza. Pero lo que voy a contaros deberéis guardarlo siempre en secreto y vuestros labios no proferirán nunca una sola palabra de lo que ahora os voy a confesar.
– Os juro por mi hijo -dije, y recordé cuántas veces había jurado en falso a lo largo de mi vida para obtener información-, que jamás diré nada a nadie.
– Cuando Manrique de Mendoza tuvo que escapar de Francia, le prometí que le seguiría en cuanto me fuera posible. Ya supondréis que éramos amantes.
– ¡Pero si él es monje! -objeté escandalizado.
– ¡Y vos sois bobo, micer Galcerán! -exclamó riendo-. Manrique no es ni el primero ni el último que cohabita con mujer. ¿En qué mundo vivís?