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Que dificil es ser Dios

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Que dificil es ser Dios
Название: Que dificil es ser Dios
Дата добавления: 15 январь 2020
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Que dificil es ser Dios - читать бесплатно онлайн , автор Стругацкие Аркадий и Борис

Aquellos fueron d?as en los que aprend? lo que es sufrir, lo que es sentir verg?enza, lo que es la desesperaci?n. PEDRO ABELARDO Debo advertirle lo siguiente: para cumplir esta misi?n ir? usted armado con el fin de infundir m?s respeto. Pero en ning?n caso se le permitir? hacer uso de sus armas, sean cuales sean las circunstancias. ?Ha comprendido? ERNEST HEMINGWAY

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— ¿Qué hay de nuevo? — preguntó Rumata.

— Hace dos horas — comunicó diligentemente Don Ripat -, y por orden del Ministro de Seguridad de la Corona, Don Reba, he arrestado y conducido a Doña Okana a la Torre de la Alegría.

— ¿Y? — inquirió Rumata.

— Doña Okana fue sometida a la prueba del fuego. No la pudo resistir. Hace una hora que ha muerto.

— ¿Algo más? — Se la acusaba de espionaje. Pero… — Don Ripat vaciló y bajó la vista -… creo que…

— Entiendo — dijo Rumata.

Don Ripat lo miró con ojos culpables.

— No pude hacer… — empezó a decir.

— Eso no es cosa vuestra — interrumpió Rumata con voz ronca.

Los ojos de Don Ripat volvieron a empañarse. Rumata se despidió de él y volvió a la mesa. El barón estaba dando fin al primer plato de sepia rellena.

— ¡Estoria! — pidió Rumata -. ¡Traed más estoria! ¡Vamos a divertirnos, diablos! ¡Vamos a…!

Cuando Rumata volvió en sí estaba tirado en medio de un gran solar baldío. Despuntaba una mañana gris. A lo lejos cantaban unos gallos. Una bandada de cornejas volaba describiendo círculos y graznando sobre un montón de desperdicios. Olía a humedad y a carroña. El embotamiento de la cabeza se le iba pasando rápidamente, y entraba en un estado de percepción clara y precisa que le era bien conocido. Sentía desvanecerse en su lengua un agradable amargor de menta. Los dedos de la mano derecha le escocían enormemente. Rumata levantó el puño y vio que tenía la piel de los nudillos desollada, y en la mano un frasco vacío de kasparamida. El específico era un poderoso antídoto contra las intoxicaciones alcohólicas con el que la Tierra proveía a sus exploradores destacados en los planetas atrasados. Por lo visto, cuando llegó hasta aquel solar y antes de convertirse completamente en un cerdo, se metió en la boca de un modo inconsciente y casi instintivo todo el contenido del frasco.

El lugar no le era desconocido. A lo lejos y delante de él destacaban las negras ruinas de la incendiada torre del observatorio, y — un poco más a la izquierda se vislumbraban las torres de vigilancia, esbeltas como minaretes, del palacio real. Rumata aspiró profundamente el aire fresco y húmedo de la mañana, se levantó y se dirigió hacia su casa.

El barón de Pampa se había expansionado de lo lindo aquella noche. Acompañado por los nobles arruinados, que iban perdiendo rápidamente su fisonomía humana, realizó una memorable gira por todas las tabernas de Arkanar. Se gastó todo lo que llevaba, e incluso empeñó su magnífico cinturón. Consumió una cantidad inconcebible de bebidas alcohólicas y de comida, y por el camino organizó como mínimo ocho riñas. En cualquier caso, Rumata recordaba perfectamente al menos ocho riñas, en las cuales él había intervenido procurando separar a los contendientes y evitar víctimas. Pero podían haber sido más. Luego, sus recuerdos se perdían entre la niebla. De esta niebla emergían ocasionalmente rostros feroces con cuchillos entre los dientes, o el rostro inexpresivo y avinagrado del último de los nobles, al que el barón de Pampa intentó vender como esclavo en el puerto, y otras un irukano narigudo que, enfurecido, exigía malévolamente que los nobles Dones le devolvieran los caballos.

Al principio, Rumata se comportó como un buen explorador. Bebía, al igual que el barón, vinos irukanos, estorianos, soanos y arkareños, pero antes de cambiar de vino se colocaba disimuladamente una pastillita de kasparamida bajo la lengua. Así conservaba la cabeza despejada y se iba dando cuenta, como de costumbre, de la concentración de patrullas Grises en los cruces de las calles y en los puentes, y del grupo de bárbaros de caballería apostado en la carretera de Soán, donde era casi seguro que hubieran asaetado al barón a no ser por él, que conocía el dialecto de aquellos bárbaros. Rumata recordaba perfectamente cómo le había llamado la atención el ver alineados ante la Escuela Patriótica unos extraños soldados, con largas capas negras y capuchones. Resultó ser la milicia monástica. ¿Qué tenía que ver allí la iglesia?, pensó en aquel momento. ¿Desde cuándo, en Arkanar, se mezcla la iglesia en las cuestiones civiles?

Los efectos que el vino causaba en Rumata eran lentos, pero llegó un momento en que la borrachera llegó de golpe. Y cuando en un minuto de lucidez vio ante sí una mesa de roble partida por la mitad, en una habitación desconocida para él, y que tenía en la mano la espada desenvainada, y que los nobles arruinados le aplaudían, pensó que ya era tiempo de marcharse a casa. Pero era demasiado tarde. Una ola de rabia y de indecente alegría al sentirse libre de todo lo humano se había adueñado de él. Aún seguía sintiéndose terrestre, explorador, descendiente de los hombres del fuego y del acero que, en aras de un gran ideal, ni tenían piedad de sí mismos ni daban cuartel a nadie. Seguía sin poderse identificar con el Rumata de Estoria, sangre de la sangre de veinte generaciones de antepasados guerreros, famosos por sus saqueos y sus borracheras. Pero tampoco era ya el miembro del Instituto. Había dejado de sentirse responsable del experimento. Lo único que le preocupaba eran sus obligaciones para consigo mismo. Ya no tenía la menor duda. Todo estaba absolutamente claro. Sabía perfectamente quién era el culpable de todo y lo que tenía que hacer: cortar de un revés, quemar, lanzar desde lo alto de las escaleras de palacio sobre la punta de las picas y las horcas de la muchedumbre rugiente a la… Rumata se estremeció y desenvainó su espada. El acero, aunque mellado, estaba limpio. Luego recordó que se había batido con alguien, pero no sabía con quién ni cómo había terminado aquello.

Para seguir la juerga tuvieron que vender los caballos. Los nobles arruinados desaparecieron sin saber por dónde. Rumata recordaba también cómo había llevado a su casa, medio a rastras, al barón. Cuando llegaron, Pampa, el señor de Bau, estaba muy animado, su cabeza funcionaba bastante bien, y estaba dispuesto a seguir divirtiéndose. Pero sus piernas se negaban a continuar sosteniéndole. Además, se le metió en la cabeza que acababa de despedirse de su querida baronesa, y que ahora se hallaba en campaña contra su eterno enemigo, el barón de Kasko, que había perdido completamente la vergüenza. («Haceos cargo, amigo mío. Este miserable ha parido a un niño de seis dedos por la cadera, y ha tenido la ocurrencia de llamarle Pampa»). El sol se está poniendo, dijo el barón, contemplando un tapiz que representaba un amanecer. Podríamos divertirnos toda la noche, nobles Dones, pero las hazañas militares exigen dormir. Y durante la campaña, ¡ni una sola gota de vino! De lo contrario, la baronesa se enfadará.

¿Qué? ¿Una cama? ¿Qué cama puede haber al cielo raso? ¡Nuestra cama es la manta del caballo! Y diciendo esto arrancó un tapiz de la pared, se arrebujó en él hasta la cabeza, y se desplomó en un rincón, debajo de un candil. Rumata le ordenó a Uno que pusiera junto al barón un balde con salmuera y una tinaja con escabeche. El muchacho tenía cara de sueño y de disgusto. ¡Cómo se ha puesto!, refunfuñó. Sus ojos miran cada uno por su lado. Calla, imbécil, le dijo Rumata. Y luego ocurrió algo. Algo muy desagradable que le persiguió por toda la ciudad, hasta llegar a aquel solar baldío. Algo horrible, imperdonable, vergonzoso.

Recordó lo que había ocurrido cuando estaba llegando a su casa. Recordó, y se detuvo.

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