Mis Amigos, Mis Amores
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Antoine y Mathias no han perdido el contacto desde que se conocieron de ni?os. Ahora, ya treinta?eros, siguen compartiendo muchas cosas, pues ambos han pasado por un divorcio y por la experiencia de ser padres: Antoine, de un ni?o llamado Louis, y Mathias, de una ni?a llamada Emily. Pero mientras que Antoine se fue a vivir con su hijo a Londres, Mathias sigue residiendo en su Par?s natal, cada vez m?s insatisfecho con su trabajo y teniendo que soportar que su hija viva tambi?n en la capital inglesa. Por eso cuando Antoine le propone regentar una peque?a librer?a en Londres, ?l acaba aceptando la oferta. Sin embargo, sus planes se ven trastocados por la decisi?n de su ex mujer de trasladarse a Par?s por motivos laborales y de pedirle que se haga cargo ?l de Emily, para que la ni?a no tenga que adaptarse de nuevo a un cambio de hogar y colegio. Esto dar? pie a que Mathias y Antoine decidan pasar de ser vecinos a vivir en la misma casa para as? criar juntos a sus hijos. Eso s?, comprometi?ndose a respetar dos reglas b?sicas de convivencia: no contratar a una canguro y no traer mujeres a casa.
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– Lo he olvidado -dijo Antoine.
– Si te refieres a tu billetero, no te preocupes, yo te invito -dijo Mathias a la vez que cogía la cuenta.
– Hace seis años que me limito a ser padre, y me doy cuenta de que ya ni siquiera sé cómo abordar a una mujer. Un día, mi hijo me pedirá que le enseñe a ligar, y yo no sabré qué decir. Te necesito, tendrás que volver a enseñármelo todo desde el principio.
Mathias se bebió su zumo de tomate de un trago y volvió a dejar el vaso sobre la mesa.
– Tendrás que aclararte respecto a lo que quieres, ¡si te niegas a que una mujer entre en nuestra casa!
– Eso no tiene nada que ver, ¡estaba hablando de seducción! ¡Va, déjalo estar!
– ¿Te digo la verdad? Yo también lo he olvidado, amigo mío.
– En el fondo, ¡creo que nunca lo he sabido! -suspiró Antoine.
– Con Karine supiste qué hacer, ¿no?
– Karine me hizo padre y después se fue a ocuparse de los hijos de otros. Hay mejores experiencias sentimentales, ¿no es cierto? Venga, vamos a trabajar.
Dejaron la terraza y volvieron a subir por la calle, caminando uno junto al otro.
– Espero que no te moleste que vuelva a probarme la chaqueta, y esta vez, ¡dame tu opinión de verdad!
– Si me juras que la llevarás delante de nuestros hijos, yo mismo te la regalo.
De vuelta a South Kensington, Antoine aparcó el Austin Healey frente a su despacho. Apagó el motor y esperó unos instantes antes de salir del coche.
– Me siento fatal por lo de ayer noche, tal vez llegué un poco demasiado lejos.
– No, no, tranquilízate, comprendo tu reacción -dijo Mathias con un tono forzado.
– ¡No estás siendo sincero!
– ¡Pues no, no lo estoy siendo!
– Eso es lo que yo pensaba, ¡todavía me guardas rencor!
– ¡Está bien, escucha Antoine, si tienes algo que decir sobre el tema, dilo ya, de verdad que tengo trabajo!
– Yo también -repuso Antoine mientras salía del coche.
Y al entrar en sus oficinas, oyó la voz de Mathias a su espalda.
– Gracias por haberte pasado, lo aprecio de veras.
– No me gusta cuando nos enfadamos, ya lo sabes -respondió Antoine al tiempo que se daba la vuelta.
– A mí tampoco.
– No hablemos más entonces, ya está olvidado.
– Sí, está olvidado -contestó Mathias.
– ¿Vuelves tarde esta noche?
– ¿Por qué?
– Le prometí a McKenzie que iríamos a cenar juntos al local de Yvonne para agradecerle que viniera a ayudarnos con la casa, así que sería genial si pudieras hacerte cargo de los niños.
De vuelta a la librería, Mathias descolgó el teléfono y llamó a Sophie.
El teléfono sonaba. Sophie se excusó ante su cliente.
– Claro que puedo -dijo Sophie.
– ¿No te molesta? -insistió Mathias al otro lado del hilo telefónico.
– No te voy a ocultar que me disgusta la idea de mentir a Antoine.
– No te pido que mientas, sólo que no le digas nada.
La frontera entre la mentira y la omisión era mínima; pero, de todos modos, aceptó hacerle a Mathias el favor que le pedía. Cerraría la tienda un poco antes y se reuniría con él hacia las siete, tal y como había prometido. Mathias colgó.
