Las Aventuras Del Bar?n De M?nchhausen
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Aventuras del bar?n de M?nchhausen es el relato de las haza?as del mayor embustero de la literatura, alguien capaz de izarse a s? mismo (?y a su caballo!) tirando, fuertemente de su propia cabellera, y constituye el mayor triunfo de la imaginaci?n en la historia de la literatura.
August Gottfried B?rger nos ofrece una historia a medio camino entre lo grotesco y lo maravilloso, con un esperp?ntico protagonista que provoca una y otra vez las risas del lector, sin darle un respiro. Como anot? Gautier en el pr?logo rescatado para esta edici?n, `entramos en un mundo extra?o, burlesco, fant?stico, quim?ricamente original, de que no ten?amos ninguna idea. Es la l?gica del absurdo llevada al extremo y sin temor a nada. Detalles de sorprendente verdad, razones de sutil ingenio, afirmaciones expuestas con la mayor seriedad sirven para hacer probable lo imposible`. Porque es un estilo arrollador lo que nos atrapa y nos transporta a un mundo de ilusi?n en el que todo lo aceptamos como veros?mil, donde la veracidad no reside en los hechos sino en la magia de las palabras, en definitiva, en el arte de narrar.
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CAPITULO XV
Hice otro viaje, de Inglaterra a las Indias Orientales, con el capitán Hamilton. Llevaba yo un perro de muestra, que valía, en la propia acepción de la palabra, todo el oro que pesaba, porque nunca me faltó. Un día en que, según los cálculos más fijos, nos hallábamos a trescientas millas, lo menos, de tierra, mi perro se quedó de muestra. Yo lo vi con asombro permanecer más de una hora en esta posición de acecho. Di conocimiento de esto al capitán y a los oficiales del buque, y les aseguré que debíamos hallarnos cerca de tierra, puesto que mi perro venteaba la caza. Todos ellos se echaron a reír; pero esto no me hizo modificar la buena opinión que de mi perro tenía.
Después de una discusión sobre el asunto, acabé por declarar francamente al capitán que tenía más confianza en la nariz de mi Trai que en los ojos de todos los marinos que allí iban, y aposté audazmente cien guineas, suma que llevaba para aquel viaje, que antes de media hora habíamos de encontrar caza.
El capitán, que era un excelente sujeto, se echó a reír otra vez y rogó a M. Crawford, nuestro médico, que me tomara el pulso. El hombre de ciencia obedeció al capitán y declaró que estaba en perfecta salud.
Pusiéronse entonces a hablar en voz baja; pero con todo logré coger al vuelo alguna palabra de su conversación.
– No está en sana razón -decía el capitán-, y no puedo honradamente aceptar su apuesta.
– Soy de parecer enteramente contrario -contestó el médico-, el barón está en su cabal juicio y tiene más confianza en el olfato de su perro que en la ciencia de los marinos; ni más ni menos. En todo caso, perderá y lo habrá merecido.
– No es noble, por mi parte, aceptar semejante apuesta -repitió el capitán-. Sin embargo, dejaré bien puesto mi honor devolviéndole su dinero, después de habérselo ganado.
Trai no se había movido durante esta conversación, lo que confirmó aún más mi creencia. Por segunda vez propuse la apuesta, y fue por último aceptada.
No bien se hubo aceptado la apuesta, cuando unos marineros que pescaban en un bote amarrado a la popa del barco cogieron un enorme perro marino, que subieron luego a bordo. Comenzaron a despedazarlo y le encontraron en el buche doce perdices vivas.
Los pobres pájaros habitaban allí hacía mucho tiempo, puesto que una de las perdices estaba en incubación de cinco huevos, de los cuales uno estaba para dar el pollo cuando se abrió el pez.
Criamos estos pollos con una carnada de gatos que habían nacido algunos minutos antes. La gata los quería tanto como a sus hijos, y se sentía mal cuando alguno de los pollos se alejaba de ella y tardaba en volver.
Como en nuestra pesca había cuatro perdices que entraron en incubación a su vez, tuvimos caza en nuestra mesa todo el tiempo del viaje.
Para recompensar a mi Trai por las cien guineas que me había hecho ganar, le di todos los huesos de las perdices que nos comimos y de vez en cuando un pollo entero.