La Guarida Del Leon
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La arist?crata empobrecida Isabella Vernaducci provocar?a a la mism?sima muerte para rescatar a su hermano encarcelado. Aunque el miedo oprimiera su coraz?n, desafiar?a la embrujada y maldita guarida del le?n: el amenazante palazzo del legendario y letal Nicolai DeMarco.
LA BESTIA
Los rumores dec?an que el poderoso Nicolai pod?a dominar los cielos, que la bestia de abajo cumpl?a su orden… y que fue condenado a destruir a la mujer que tom? como esposa. Se murmuraba que no era totalmente humano… tan indomable como su melena morena y sus afilados ojos ambarinos.
EL TRATO
Pero Isabella encontr? a un hombre cuyo gru?ido era aterciopelado, que ronroneaba c?lidamente y cuyos ojos guardaban un oscuro y arrollador deseo. Y cuando Nicolai le orden? que a cambio de su ayuda fuera su novia, ella entr? de buena gana en sus musculosos brazos, rezando para que pudiera salvar el alma torturada de ?l… sin sacrificar su propia vida…
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– Esto ya no es asunto tuyo -Nicolai estaba mirando sobre la cabeza de ella, su mirada fija sobre el desventurado sirviente, un cazador atisbando a su presa.
– Quiero oirle hablar -Respondió ella, su tono gentil pero insistente. No se atrevería a permitir que la entidad la influenciara o diera más de una abertura a los hombres.
– ¡Grazie, grazie! -gritó el hombre-. No sé que ocurrió, signorina. En un momento estaba pensando en el viaje y como descargar mejor los suministros cuando llegaramos a la granja, si esperar hasta la mañana o simplemente hacerlo inmediatamente. De repente estaba tan enfadado que no podía pensar. Me dolía la cabeza y me zumbaba con un ruido. No recuerdo haberle cogido la llave. Sé que lo hice porque la tenía, pero no recuerdo tomarla. Me senté en la carreta, y me dolía tanto la cabeza que estaba enfermo. Carlie puede decírselo, salté abajo y estaba enfermo -Sus ojos le suplicaban misericordia-. En realidad no recuerdo encerrarla, solo que cerrar la puerta y girar la llave parecía la cosa más importante del mundo.
– Sabías que ella estaba allí dentro -dijo Nicolai, su voz ronroneaba con una amenaza-. La dejaste para congelarse hasta morir o ser hecha trizas por los gatos feroces.
– Signorina, juro que no sé que me ocurrió. Sálveme. No permita que me maten.
Isabella se giró hacia Nicolai.
– Permíteme hablar contigo a solas. Aquí hay más trabajando de lo que podemos ver. Por favor confía en mí.
– Lleváoslo -ordenó Nicolai.
Sus dos capitanes parecieron querer protestar, pero hicieron lo que Nicolai ordenaba. Ninguno fue muy amable con el sirviente.
Nicolai comenzó a pasearse.
– No puedes pedirme que deje marchar a este hombre.
– Por favor, Nicolai. Creo que hay verdad en la leyenda de vuestro valle. Creo que cuando la magia se manipuló indebidamente, se volvió algo retorcido, y algo malvado fue liberado aquí. Creo que hace presa de las debilidades humanas. Nuestros fallos, alimenta cólera y celos. Alimenta nuestros propios miedos. Ha habido demasiados incidentes, y cada persona cuenta la misma historia. No saben qué ocurrió; actuaron de forma ajena a lo que normalmente harían.
Un gruñido retumbó profundamente en la garganta de él.
– Quieres que le deje marchar -repitió, sus ojos ámbar brillaban con amenaza.
Ella asintió.
– Eso es exactamente lo que quiero que hagas. Creo que hay una entidad suelta, y ella es la responsable, no el hombre.
– Si esta cosa puede influenciar a un hombre, entonces ese hombre tiene una enfermedad por la que se atrevería a arriesgar tu vida.
– Nicolai -respiró su nombre, una gentil persuasora.
Él masculló una imprecación, con llamas manando de sus ojos.
– Por ti, cara mía, solo por tí. Pero creo que este hombre ha perdido el derecho a la vida. Debería desterrarle del valle.
Ella cruzó a su lado y se puso de puntillas para presionar un beso en la mandíbula decidida.
– Le devolverás su tabajo. Le enviarás a casa. Tu misericordia te ganará su lealtad diez veces.
– Tu misericorda -corrigió él. Para mí él ya está muerto.
Cuando ella continuó mirándole, suspiró.
– Como desees, Isabella. Daré la orden.
– Grazie, amore mio -Sonriendo, le besó de nuevo y le dejó con su pasear.
CAPITULO 18
Sarina estaba en la habitación de Lucca, quejándose y cloqueando sobre él. Lucca, que parecía desesperado, gesticulaba hacia Francesca tras la espalda del ama de llaves, claramente esperando que ella le salvara. Isabella sonrió a las otras, la sonrisa afectada de los conspiradores.
– Sarina -dijo Isabella, utilizando su voz más dulce-. Francesca y yo tenemos un pequeño recado que ejecutar. Por favor cuida del mio fratello hasta que regresemos.
– Estamos en medio de la noche -siseó Lucca entre dientes-. Ninguna de vosotras debería ir a ninguna parte sin escolta.
– Estaremos perfectamente a salvo -Le tranquilizó Francesca con una brillante sonrisa-. Nos mantendremos en los pasadizos. Sarina se ocupará excelentemente de ti en nuestra ausencia.
– ¡Isabella, te prohibo que corras por ahí! ¿Has perdido todo sentido de la decencia? -Otro espasmo de tos le sacudió.
Las tres mujeres se apresuraron a ayudarle, pero fue Francesca contra la que se apoyó, acostumbrado a la firme sensación de su brazo alrededor de la espalda y el cuadrado de tela que le presionaba en la mano. Débil, se inclinó hasta casi doblarse y aferró el brazo de ella para evitar que se moviera.
Cuando los espasmo hubieron pasado, Lucca levantó la mirada hacia Francesca.
– Puedes ver que te necesito aquí conmigo.
– Solo intenta dormir -Replicó ella dulcemente, palmeándole el hombro-. Volveré antes de que te des cuenta.
– Debería hablar con el tuo fratello -espetó él, disgustado-. Y tú, Isabella, tienes mucho por lo que responder. Francesca me ha hablado de tu compromiso.
Isabella rió suavemente y besó a su hermano en la coronilla.
– Demasiado tarde para preocuparse porque corra por ahí. Llegué a este lugar por mis propios medios. Creo que Don DeMarco tiene intención de hablar contigo sobre mi comportamiento caprichoso.
Los ojos oscuros de Lucca centellearon, revelando momentáneamente su naturaleza arrogante y orgullosa.
– Si quiere hablar conmigo sobre tu comportamiento, podría desear explicar por qué a su propia hermana se le permite estar sin escolta en el dormitorio de un hombre.
– Me encantaría escuchar esa discusión en particular -dijo Francesca mientras tomaba la mano de Isabella-. No lee prestes ninguna atención cuando divague, Sarina. Es la enfermedad.
Isabellla y Francesca escaparon al pasadizo. En el momento en que la puerta oculta se hubo cerrado tras ellas, estallaron en carcajadas.
– Es muy exigente pero tan dulce, Isabella. Dice que le gusta mi pelo. -Francesca se palmeó el peinado- Le pedí a Sarina que me lo arreglara.
La vela que Francesca sostenía chisporroteó. Levantó la llama vacilante hasta una antorcha. La luz saltó y danzó mientras se apresuraban a lo largo de un estrecho corredor.
– Normalmente Lucca no es tan exigente, Francesca. No sé por qué la toma contigo de ese modo o por qué se burla tanto de ti -Isabella se frotó las sienes-. Espero que no hable realmente con Nicolai. No deberíamos dejar que esos dos se reunan nunca.
Francesca pareció vulnerable durante un momento.
– Nadie me ha hablado nunca como lo hace Lucca. Parece tan interesado en mi vida, en mis opiniones. Una vez, cuando estaba citando al mio fratello, se impacientó y exigió saber que pensaba yo. Solo tú y tú hermano me habéis preguntado lo que yo pienso.
Isabella le sonrió afectuosamente. Estudió la joven cara, encontrando un toque de vulnerabilidad. No podía imaginar a la bestia tomando a Francesca. O a Francesca conduciéndola a su perdición en un balcón resbaladizo. O acechándola a través de las calles de la ciudad. Suspiró suavemente. Si Francesca no la había perseguido, eso dejaba a Nicolai.
– Lucca cree que una mujer debería expresar su opinión, aunque es extremadamente protector. Bien podría hablar a Don DeMarco.
– No podía dormir, y me contó las historias más divertidas. Adoro su voz. Adoro sus historias -Agachó la cabeza-. Espero que no te importe que le hablara de tu compromiso. Le aseguré que Nicolai te ama.
– ¿Qué dijo él? -Isabella agarró el brazo de Francesca cuando empezaron a descender hacia los intestinos del palazzo. Isabella no había estado ansiando contárselo a su hermano, sabiendo que supondría cómo había sucedido el encuentro.
Francesca bajó la mirada a sus manos.
– Parecía complacido. Nicolai es un buen partido, pero no pude obligarme a hablar a Lucca sobre los leones. Quería. No quería mentirle. Cuando me mira, quiero contárselo todo -Suspiró y alisó su vestido-. Me dice las cosas más agradables.
