Los estados carenciales
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Los personajes de Los estados carenciales buscan como todos nosotros la felicidad a su manera. Tratan de no sucumbir a la rutina, de escapar de la mediocridad o de rehacer sus vidas con un poco de sentido. Ulises, abandonado por su mujer Pen?lope, vive con su hijo Tel?maco. Pen?lope es una dise?adora de moda que no se corta tanto como la Pen?lope de siempre cuando le sale al paso alg?n pretendiente. Al suegro de Ulises, Vili, su mujer le hace la vida imposible, y ?l busca la felicidad con optimismo y algunas ideas peregrinas, como montar una nueva Academia para ense?arles a una pandilla de infelices que la felicidad consiste, comod ec?a Plat?n, en hacer el bien. S?tira de los libros de autoayuda, meditaci?n sobre la felicidad, homenaje al mundo cl?sico… S?, todas esas cosas son y est?n en Los estados carenciales. Pero esta novela es, por encima de todo una divertid?sima f?bula sobre las debilidades y grandezas de la condici?n humana. ?ngela Vallvey tiene una prosa jugosa y directa, una capacidad po?tica deslumbrante, un sentido del humor que nos incita a la reflexi?n filos?fica sin que nos alcance el sue?o, la desaz?n o la pedanter?a, Tal vez este libro no nos permita saber si la felicidad consiste enhacer bien, o en desarrollar nuestras capacidades con la m?xima destreza, pero s? nos puede ayudar a mirarnos en el espejo con valent?a, con la dignidad que nuestra condici?n exige.
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«La mayor suerte es la personalidad» (Goethe).
No creas que tu felicidad depende de tu destino y de aquello que puedas tener. El destino puede mejorar, pero si eres un necio, ni siquiera un favorable destino conseguirá que dejes de ser un necio.
«Todos los lujos y placeres representados en la conciencia apagada de un necio son pobres frente a la conciencia de Cervantes cuando escribió Don Quijote en una cárcel incómoda. Lo que uno tiene por sí mismo, lo que le acompaña en la soledad sin que nadie se lo pueda dar o quitar, esto es mucho más importante que todo lo que posee o lo que es a los ojos de los otros» (Schopenhauer).
Nunca olvides que tu felicidad depende de ti mismo, de lo que eres, no de lo que tienes ni de lo que representas.
NOTA DE LA AUTORA
Contra lo que pudiera parecer, la felicidad no es el arte de saber conformarse, si bien es posible que sí lo sea el de aprender a disfrutar de lo que somos, y secundariamente de lo que tenemos, sin preocuparnos demasiado por aquello que es evidente que jamás podremos ser o por lo que nunca tendremos. Por ejemplo: conozco a alguien que, cuando era una niña, quería, por encima de todo, ser un pájaro y poder volar. A esa mujer le costó mucho tiempo y mucha infelicidad entender que jamás podría conseguir unas alas propias y que, además, un ave ni siquiera sabe que vuela. Cuando lo comprendió, por fin empezó a gozar de la enorme dignidad y el privilegio que significa ser un ser humano. Nada más que humano. Nada menos.
Esta novela que tienes en tus manos, lectora o lector, es en cierta manera deudora de mis lecturas de algunos filósofos, que son mencionados (citados) a lo largo de sus páginas cuando les corresponde. Personalmente, pocas cosas me han producido en la vida tanta felicidad como leer a los filósofos: ellos me han ayudado siempre a comprender. A comprender a otros seres humanos, al mundo y a mí misma.
Debo advertirte de que la historia está dividida en tres partes -«Lo que representamos», «Lo que tenemos» y «Lo que somos»-, en honor a Arthur Schopenhauer, porque según él esos son los tres puntos que conforman La suerte de los mortales. También que para escribir la Eudemonología (o Pequeño Arte de ser feliz) que la concluye, he usado, y abusado, de otro texto de Schopenhauer, elaborado con fragmentos dispersos, recogidos bajo el título español de El arte de ser feliz (Ed. Herder, Barcelona, 2000), cuya lectura recomiendo vivamente. Creo que el viejo maestro me habría dado permiso para explotar a placer sus reflexiones. Schopenhauer es uno de mis pensadores preferidos (junto con Marco Aurelio, Michel de Montaigne, Séneca, Cicerón, Epicuro… etc., etc.), a pesar de que no es conocido por su optimismo, precisamente. Más bien, como dijo Jean Rostand, era un filósofo que se sentía «muy optimista en cuanto al porvenir del pesimismo». Sin embargo, siguiendo el modelo de Gracián, demuestra con esta «Doctrina de la felicidad» que «el pesimismo metafísico es compatible con los esfuerzos por llevar una vida feliz» (según el prefacio de Franco Volpi, traducido en la edición española arriba citada).
