El Lago Sin Nombre
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Cuando los tanques entran en la plaza de Tiananmen, la vida de Diane Wei Liang cambia para siempre. Estudiante de la Universidad de Pek?n, ella y su amigo Dong Yi participan en una demostraci?n pac?fica que provoca la respuesta sangrienta y dura del gobierno chino. La condena pol?tica en todo el mundo no cambia el hecho de que esta terrible masacre ocurri? ante los ojos de millones de personas.
Los dram?ticos acontecimientos del 4 de junio de 1989 pusieron fin a los sue?os de una vida mejor, de democracia, libertad… y de amor de muchos j?venes, chinos. Entre ellos, Diane y Dong Yi, que deben huir de Pekin y no vuelven a verse.
Siete a?os m?s tarde, Diane regresa a su pa?s natal para tratar de encontrarlo. Entonces recuerda su infancia y juventud, sus a?os universitarios y aquellos tr?gicos sucesos.
El lago sin nombre es el relato de Diane que fue testigo de aquel traum?tico periodo. Nos presenta un viaje personal a su propio pasado, una historia de amor, as? como un testimonio pol?tico que nos lleva desde la Revoluci?n Cultural hasta un momento determinante en la historia reciente de China.
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– ¡Baja! ¡Baja!
Se inclinó hacia delante y agitó la mano, indicándome por gestos que me marchara. Me sobresalté; di un paso hacia atrás y perdí el equilibrio.
– ¡No utilicéis la fuerza! -exclamó la multitud, pensando que me había empujado.
El rostro del jefe del tanque enrojeció y les bufó a sus hombres:
– Entrad inmediatamente.
En cuanto los soldados hubieron entrado, quizá para recibir una reprimenda, seguidos de su jefe que cerró la escotilla del tanque tras él con estruendo, bajé de allí con la ayuda de otros estudiantes. La gente aplaudió. Me sentí eufórica.
Eché un vistazo a mi alrededor para encontrar a Li y al resto del grupo, pero no les vi. Habían llegado más estudiantes y ciudadanos de Pekín para desempeñar su papel y un gran número de personas rodeaba a los tanques. Muchos estudiantes también habían trepado a lo alto de los blindados y hablaban cara a cara con los soldados.
– ¡Ah, estás aquí! -Li apareció de pronto a mi lado-. Ya se ha distribuido todo el material. Todo el mundo está esperando delante.
Nos abrimos paso como pudimos a través del gentío.
– Los estudiantes de la Universidad de Idiomas de Pekín han dicho qué cuando más ayuda necesitan es por la noche, cuando la gente se marcha -me dijo Li-. Está claro que si las tropas quieren abrirse paso a la fuerza no van a hacerlo durante el día, delante de toda esta gente, sino por la noche.
– ¿No tienen suficiente gente para la noche? -pregunté.
– Por lo visto, no. La universidad no es muy grande. Muchos de sus alumnos están en la plaza de Tiananmen. Gran parte de los que se encuentran aquí desde el primer día ya están cansados. Creen que pueden arreglárselas, pero agradecerían un poco de ayuda por parte de las demás universidades.
– ¿Podemos ayudar?
– Estamos muy diseminados y somos pocos; no en cifras reales, puesto que al fin y al cabo somos veinte mil en la Universidad de Pekín. Pero la dificultad está en la logística y la organización. Por eso quiero regresar lo antes posible. Tengo que averiguar si podemos organizar algún tipo de refuerzos para ellos.
Li era una organizadora nata.
Fueron dos horas de intenso pedaleo antes de que llegáramos de vuelta a la universidad. Pensé en aquellos hombres y mujeres jóvenes tumbados ante los tanques. No tardaría en caer la noche y estarían solos contra el poder de los blindados y el ejército.