Gringo Viejo
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«En 1913, el escritor norteamericano Ambrose Bierce, mis?ntropo, periodista de la cadena Hearst y autor de hermosos cuentos sobre la Guerra de Secesi?n, se despidi? de sus amigos con algunas cartas en las que, desmintiendo su reconocido vigor, se declaraba viejo y cansado». Sin embargo, en todas ellas se reservaba el derecho de escoger su manera de morir. La enfermedad y el accidente -por ejemplo, caerse por una escalera- le parec?an indignas de ?l. En cambio, ser ajusticiado ante un pared?n mexicano… Ah -escribi? en su ?ltima carta-, ser un gringo en M?xico, eso es eutanasia.
«Entr? en M?xico en noviembre y no se volvi? a saber de ?l. El resto es ficci?n.»
?sta es la asombrosa reconstrucci?n de lo que podr?a haber sido la trayectoria del anciano novelista. Elaborada como una larga vuelta atr?s, esta novela es ante todo una reflexi?n sobre la identidad, la b?squeda del padre, el concepto de frontera como «cicatriz», uni?n y separaci?n.
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Arroyo la atrajo a sí y señaló hacia el altar centelleante, autodevorador, excrementicio, donde la Virgen tampoco sangraba o fornicaba, la pura madre de Dios de pie en toda su gloria de esmalte drapeada en vendajes de oro y azul y coronada de perlas, ahora ella se sienta sola y recuerda esas perlas que ella misma salvó ayer apenas de la alcoba sombría de la castellana ausente y ofreció como una tentación y un monumento al ahorro y a la honradez en un cofre abierto.
– ¿Quién pagó toda esta… esta… esta extravagancia? -fue todo lo que pudo decir para esconder la vergüenza que sentía, su acusación de robo; se condujo como la sobrina nieta del viejo Halston:
– Ahorraron el año entero, señorita, hasta pasaron hambres para no pasarse de su fiesta.
El fue criado aquí, el hijo del silencio y de la desgracia.
Una fiesta sin fin, una cosa proliferante que se alimentaba de sus propios excesos de color y fiebre y sacrificio. El gringo viejo no quiso leer presagios o significar fatalidades en la vida que lo rodeaba, apretujándolo y empujándolo lentamente adentro de la capilla, sintiendo el culebreo duro e inderrotable de la fe encarnada y del sacrificio y del desperdicio hacia el altar, separándole de ellos, el viejo separado de Arroyo y Harriet, el hombre y la mujer ahora juntos, ahora abrazados por un destino ciego que el gringo viejo podía entender en el rostro de Harriet pero no en el suyo. El rostro de Arroyo. El rostro del gringo viejo, diciéndole a Arroyo: "Tómala, toma a mi hija." En medio de los penitentes arrodillados, los inciensos espesos y los pechos de escapularios, rodó el peso de plata perforado y el niño Pedrito, en cuatro patas, se escabulló como un animalito, temeroso de perder su única riqueza.
