Los inconsolables
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Ryder, un famoso pianista, llega a una ciudad de provincias en alg?n lugar de Europa central. Sus habitantes adoran la m?sica y creen haber descubierto que quienes antes satisfac?an esta pasi?n eran impostores. Ryder es recibido como el salvador y en un concierto apote?sico, para el que todos se est?n preparando, deber? reconducirlos por el camino del arte y la verdad. Pero el pianista descubrir? muy pronto que de un salvador siempre se espera mucho m?s de lo que puede dar y que los habitantes de aquella ciudad esconden oscuras culpas, antiguas heridas jam?s cerradas, y tambi?n demandas insaciables. "Los inconsolables" es una obra inclasificable, enigm?tica, de un discurrir fascinante, colmada de peque?as narraciones que se adentran en el laberinto de la narraci?n principal, en una escritura on?rica y naturalista a un tiempo, y cuentan una historia de guerras del pasado, exilios y crueldades, relaciones imposibles entre padres e hijos, maridos y mujeres, ciudades y artistas. Una obra que ha hecho evocar "El hombre sin atributos" de Musil.
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– Sí, sí, sí… -le interrumpí, sintiendo una nueva oleada de impaciencia. Y añadí a continuación, más amablemente-: Me doy cuenta de cómo están las cosas entre usted y su hija. Pero me pregunto una cosa… ¿No será tal vez eso…, este mismo asunto…, ese arreglo entre ustedes dos…? ¿No será precisamente ésa la raíz de las preocupaciones de su hija? ¿Y si este arreglo suyo fuera precisamente el motivo de sus reflexiones aquella vez que la descubrió usted sentada en el café con aquel aire de abatimiento?
Aquello pareció dejar a Gustav estupefacto, y durante algún tiempo se quedó callado. Y al cabo dijo:
– Jamás se me había ocurrido pensar en eso que usted sugiere, señor… Tendré que reflexionar sobre ello. De verdad, no lo he pensado nunca. -Volvió a sumirse en el silencio unos instantes, con la turbación dibujada en el semblante. Luego alzó la vista y me miró-: Pero… ¿por qué habría de estar tan preocupada por nuestro arreglo ahora? ¿Después de tanto tiempo? -Movió lentamente la cabeza-. ¿Me permite una pregunta, señor? ¿Se ha formado usted esa idea a raíz de su conversación con ella?
De pronto me sentí harto de todo aquello, y deseé que acabara cuanto antes.
– No sé, no sé… -dije-. Le repito que estos asuntos familiares… Soy un extraño…, ¿cómo puedo juzgar? Lo decía como una simple posibilidad.
– Y tendré que considerarla, de veras. En interés de Boris, estoy dispuesto a estudiar todas las posibilidades. Sí, lo pensaré. -Calló de nuevo, y la turbación pareció nublarle aún más la mirada-. Me pregunto, señor, si podría pedirle otro favor… Cuando vuelva a ver a Sophie…, ¿le importaría investigar esa posibilidad que ha mencionado? Sé que tendría que hacerlo con muchísimo tacto. En otras circunstancias no me atrevería a pedirle una cosa así, pero, compréndame, estoy pensando en el pequeño Boris. ¡Le quedaría tan agradecido…!
Me miraba con tal expresión de súplica que al final dejé escapar un suspiro, y dije:
– Está bien… Haré lo que pueda por Boris. Pero debo decirle otra vez que, para un extraño como yo…
Tal vez nos oyó decir su nombre, pero el caso es que Boris se despertó en aquel preciso instante.
– ¡Abuelo! -exclamó y, soltándome, se dirigió muy excitado hacia Gustav, con evidente intención de abrazarlo. Pero en el último momento el pequeño pareció pensarlo mejor y le tendió simplemente la mano.
– Buenas noches, abuelo -dijo con una dignidad tranquila.
– Buenas noches, Boris -respondió Gustav dándole unas palmaditas en la cabeza-. Me alegro de verte. ¿Qué tal has pasado el día?
Boris se encogió de hombros.
– Algo cansado. Igual que otros días.
– Aguarda un minuto y me ocuparé de todo -dijo Gustav. Y rodeando con el brazo los hombros de su nieto, el anciano mozo se acercó al mostrador de recepción. Durante los momentos que siguieron él y el conserje conversaron en la jerga hotelera y en tono muy bajo. Hasta que, finalmente, llegaron a un acuerdo y el conserje le tendió una llave.
– Si el señor tiene la amabilidad de seguirme -me dijo Gustav-, le mostraré la habitación en que dormirá Boris.
– La verdad es que tengo otra cita.
– ¿A estas horas? Lleva usted una vida muy ajetreada, señor… Bien, en tal caso, ¿me permite proponerle que me encargue yo mismo de acomodar a Boris?
– Excelente idea. Se lo agradezco.
Los acompañé hasta el ascensor y les dije adiós con la mano mientras las puertas del ascensor se cerraban. Y entonces me sentí abrumado por la frustración y la ira que hasta entonces había conseguido dominar. Sin despedirme del conserje, crucé el vestíbulo y volví a salir a la noche.
