Los inconsolables
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Ryder, un famoso pianista, llega a una ciudad de provincias en alg?n lugar de Europa central. Sus habitantes adoran la m?sica y creen haber descubierto que quienes antes satisfac?an esta pasi?n eran impostores. Ryder es recibido como el salvador y en un concierto apote?sico, para el que todos se est?n preparando, deber? reconducirlos por el camino del arte y la verdad. Pero el pianista descubrir? muy pronto que de un salvador siempre se espera mucho m?s de lo que puede dar y que los habitantes de aquella ciudad esconden oscuras culpas, antiguas heridas jam?s cerradas, y tambi?n demandas insaciables. "Los inconsolables" es una obra inclasificable, enigm?tica, de un discurrir fascinante, colmada de peque?as narraciones que se adentran en el laberinto de la narraci?n principal, en una escritura on?rica y naturalista a un tiempo, y cuentan una historia de guerras del pasado, exilios y crueldades, relaciones imposibles entre padres e hijos, maridos y mujeres, ciudades y artistas. Una obra que ha hecho evocar "El hombre sin atributos" de Musil.
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– Yo nunca he puesto azulejos… Por eso cometo todos esos errores. Si alguien me hubiera enseñado, sabría ponerlos.
– Sí, seguro que sí. ¿Te refieres al cuarto de baño de tu nuevo apartamento?
– Si me hubiera enseñado alguien, los habría puesto la mar de bien. Y mamá estaría contenta con su cuarto de baño. Le gustaría su cuarto de baño.
– ¡Ah! ¿Quieres decir que ahora no está satisfecha con él? Boris me miró como si hubiera oído una estupidez mayúscula. Luego, con gruesa ironía, observó:
– ¿Por qué iba a llorar por el cuarto de baño si le gustara? -¡Cómo! ¿Dices que llora por el cuarto de baño?, ¿y por qué crees que lo hará?
El pequeño volvió a pegar la cara a la ventanilla y, a la confusa luz que entraba desde el exterior, advertí que trataba de dominarse para que no se le saltaran las lágrimas. En el último momento se las arregló para disfrazar su abatimiento de bostezo, y se restregó la cara con los puños.
– Lo solucionaremos todo -le dije-. Ya lo verás. -¡Podría haberlo hecho perfectamente si alguien me hubiera enseñado! Y mamá no habría tenido que llorar.
– Sí, estoy seguro de que habrías hecho un buen trabajo. Pero pronto se arreglarán las cosas.
Me enderecé en el asiento y miré a través del parabrisas. En la calle apenas se veían ventanas iluminadas. Al cabo de un rato le dije a Boris:
– Oye… Tenemos que pensárnoslo bien… ¿Me escuchas?
No me llegó ninguna respuesta de la parte trasera del coche.
– Mira, Boris -proseguí-. Hemos de tomar una decisión. Ya sé que antes íbamos a reunimos con tu madre. Pero se nos ha hecho muy tarde. ¿Oyes lo que te digo?
Miré por encima del hombro y vi que seguía inmóvil, con la mirada perdida en la oscuridad. Permanecimos en silencio unos segundos más, y luego dije:
– La verdad es que ya es muy tarde. Si volvemos al hotel, podremos ver a tu abuelo. Estará encantado de verte. Podrás tener una habitación para ti solo o, si lo prefieres, podríamos hacer que pusieran otra cama en la mía. Podremos encargar que nos suban una cena apetitosa y, después, te irás a dormir. Mañana por la mañana, desayunaremos juntos y decidiremos lo que más convenga.
Siguió el silencio a mi espalda.
– Debería haberlo organizado todo mejor -dije-. Lo siento… Yo…, bueno, no tenía las ideas muy claras esta noche. ¡Ha sido un día de tanto ajetreo…! Pero, escucha…, te prometo que mañana lo arreglaremos todo. Haremos lo que nos venga en gana. Y, si quieres, podríamos ir a tu antiguo apartamento a buscar al Número Nueve. ¿Qué me dices?
Pero Boris siguió sin despegar los labios.
– Los dos estamos muy cansados. Boris, ¿qué te parece?
– Más vale que vayamos al hotel.
– Creo que es lo mejor. De acuerdo, pues. En cuanto vuelva ese joven, le comunicaremos nuestro nuevo plan.
