Trilogia de la huida
Trilogia de la huida читать книгу онлайн
La Trilog?a de la huida re?ne las tres primeras novelas de Dulce Chac?n: Alg?n amor que no mate, Blanca vuela ma?ana y H?blame, musa, de aquel var?n. "Los tres libros de esta Trilog?a de la huida tienen ese origen com?n, la melancol?a que deja en las personas la lucha que parte de la evidencia de un fracaso: la pareja fracas?, pero hay que reconstruir el amor. Dulce no abordaba ese asunto con un prop?sito previo, ella no hac?a teor?a de lo que iba a escribir, y no escrib?a nada como una teor?a; abordaba las novelas con la misma frescura, y con la misma libertad, con la que abordaba los poemas, como exabruptos de su sentimiento, y en el fondo de sus sentimientos, en el origen de su melancol?a, estaba la evidencia, y la rabia, ante ese fracaso."
Внимание! Книга может содержать контент только для совершеннолетних. Для несовершеннолетних чтение данного контента СТРОГО ЗАПРЕЩЕНО! Если в книге присутствует наличие пропаганды ЛГБТ и другого, запрещенного контента - просьба написать на почту [email protected] для удаления материала
Sí. Habían tenido suerte. Escaparon de un infierno a otro infierno. De una desolación a otra desolación.
—Peter, ¿te encuentras bien? —Blanca le sonreía.
—Sí, me encuentro bien.
Peter se acarició la frente con las yemas de los dedos, dibujó círculos en sus sienes con el anular y el corazón.
No pudieron localizar a sus primos, Sigrid, Georg, aun después de acudir a la Stasi pidiendo ayuda, pero encontraron a Frau Hanna, la íntima amiga de su madre, viuda de guerra también. Perdió a su hijo durante un bombardeo, lo perdió: jamás lo encontraron, le soltó la mano y se perdió. Y quedó sola.
—Tu madre fue muy valiente. Atravesar un país en guerra, con dos niños, o muy inconsciente, nunca se sabe. Aunque hizo bien, ya nada le quedaba aquí. Me pidió que fuera con vosotros, pero a mí nadie me esperaba en Hamburgo.
Hija de un oficial prusiano, rica por familia, educada para saber ser y saber estar, la anciana conservaba en sus gestos la altivez de la clase a la que perteneció, sus modales de alcurnia. Vivía en una casa pequeña, rodeada de los muebles de estilo que pudo recuperar de su palacete en ruinas. Aparadores, espejos, mesitas auxiliares, vitrinas dificultaban el paso. Preparó té en un servicio de porcelana de Meissen, sobre mantelitos de encaje de Holanda.
—Sé por sus cartas que salió adelante. Recogiendo plomo de las ruinas. Hay que tener valor. Desescombrera.
Servía la infusión con delicadeza, con ademanes pausados, sosteniendo la tetera con ambas manos, dejándola sobre la mesa cada vez que ofrecía una taza. La ceremonia. Su figura erguida daba elegancia a las ropas que vestía, demasiado usadas, demasiado antiguas.
—¿Sabes?, tu abuela era muy guapa —se dirigió a Maren—, te pareces a ella. Era muy guapa. Daba gusto verla cabalgar. Otros tiempos —dijo después de un suspiro—. Nos casamos las dos el mismo año y perdimos a nuestros maridos a la vez. Tuvimos suerte.
Maren la miró con una interrogación en los ojos.
—De sobrevivir —añadió.
Se tocó la frente con las yemas de los dedos y se dibujó círculos en las sienes con el anular y el corazón.
—Este gesto —dijo dirigiéndose a Peter— lo aprendí de tu padre. Decía que así se podían alejar los pensamientos.
