La presa
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Cuando Rowan dej? el FBI para dedicarse a escribir novelas de suspense, crey? que comenzaba una vida mucho m?s tranquila y relajada. Se equivocaba: un asesino en serie est? recreando en sus v?ctimas los cr?menes de los libros que ella ha escrito, paso por paso, fundiendo realidad y ficci?n en una pesadilla de la que la joven no puede escapar. Forzada a aceptar la protecci?n del equipo formado por los hermanos John y Michael, Rowan se da cuenta de que la clave para encontrar al asesino est? oculta en su propio pasado, en una infancia que no se atreve a recordar. Y mientras se enfrenta a sus demonios interiores, la relaci?n con los dos hombres que han de protegerla se complica inesperadamente…
UNA EX AGENTE ATORMENTADA POR SU PASADO…
El pasado de Rowan antes de su entrada en la academia del FBI es un misterio: s?lo consta que cambi? de nombre y fue a parar a un hogar de acogida. Signos que hablan de un suceso terrible en su infancia, de una herida profunda que le dej? aquella persona que deber?a haberla querido y protegido m?s que nadie. Ahora sabe manejar un arma, tiene ?xito, es una mujer fuerte, segura de s? misma. Pero de nuevo se ha de enfrentar al miedo, a la amenaza que se cuela en sus momentos m?s vulnerables. Un demonio de su pasado ha regresado en forma de asesino. Para vencerle, tendr? que aprender a confiar en los dem?s y hacer frente a sus fantasmas m?s espantosos.
… Y DOS HOMBRES DISPUESTOS A TODO POR PROTEGERLA
Antiguo miembro del cuerpo de elite Delta Force, John ahora se gana la vida en un negocio familiar de seguridad, junto a sus hermanos Michael y Tess. Reci?n llegado de una misi?n en la jungla colombiana, descubre que su hermano tiene un inter?s algo m?s que profesional por la mujer a la que debe proteger, Rowan Smith. No es raro que eso le suceda a Michael el enamoradizo. Lo extra?o es que el propio John, muy a su pesar, sea tambi?n seducido por la hermosa e independiente escritora. Un peligroso tri?ngulo de emociones, sobre todo cuando un despiadado asesino en serie ronda a la joven y amenaza a cualquiera que est? cerca de ella.
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Al cabo de cinco minutos, el camino acababa frente a una cabaña de madera. La casa de seguridad. No tenía vistas al mar pero, a través de los árboles, Rowan oía el rugido distante de las olas rompiendo en las rocas. No sonaba nada lejos. Era exactamente el tipo de lugar con que había soñado.
La cabaña era abierta y espaciosa, con dos dormitorios abajo y un ático. Todo lo demás, el salón, el comedor y la cocina, era un solo espacio abierto con grandes ventanales que miraban hacia el oeste, hacia el bosque y el mar invisible.
Se parecía a su cabaña de Colorado, aunque más grande. Rowan se sentía como si hubiera vuelto a casa.
John acabó su ronda para comprobar la seguridad y entró las maletas. El equipaje de Rowan era ligero. Un pequeño bolso y su ordenador portátil. John también tenía dos bolsas, una para la ropa, la otra para las armas. Rowan llevaba consigo su Glock y su cuchillo.
John descargó las armas de fuego.
– Voy a dejar este pequeño cuarenta y cinco en la cocina, aquí, junto a la caja del pan -dijo, cruzando el pequeño espacio de la cocina-. Y -siguió, hasta llegar al sofá más grande de los dos que había en el salón-, la nueve milímetros debajo de este cojín-. Apenas asomaba la empuñadura, y no se podía ver a menos que uno supiera que estaba ahí.
Rowan asintió con la cabeza. John llevaba su favorita, una pistola de diez milímetros, en el nacimiento de la espalda, y trasladó el rifle plegable y una segunda arma a su habitación, además de una caja de municiones.
Ella lo vio alejarse por el breve pasillo y entrar en la habitación de la derecha. Estaban en una fortaleza, pero alguien se había quedado para ocupar su lugar. Otros le darían caza a Bobby.
Aquello no le procuraba ningún consuelo.
Adam volvió a tener el mismo sueño esa noche.
Era un sueño que se repetía desde que había visto la foto del hombre que le dijo que comprara los lirios a Rowan. En el puesto de flores junto al mar, tenía la impresión de que había algo familiar en aquel desconocido, pero no sabía qué era ni por qué esa sensación.
Siempre empezaba con las flores. Adam quería comprar rosas. El hombre quería que comprara lirios.
En el sueño, Rowan decía que no, que a Rowan no le gustaban los lirios. Rompía los lirios y se enfadaba. No quería comprárselos.
– Le gustan los lirios, lo que pasa es que no lo sabe -decía el hombre, y su voz sonaba rara, como a través de la niebla.
Adam sacudía la cabeza una y otra vez. Y luego, como sucede en los sueños, ya no estaba en el puesto de flores sino en el balcón de Rowan mirando la puesta de sol. Rowan estaba contenta y sonreía. Sostenía un tallo grueso y verde coronado por un lirio de cala blanco.
Él fruncía el ceño.
– Tú odias los lirios.
– No, es que sencillamente no sabía lo bonitos que eran.
Adam oía cómo las olas rompían y se derramaban en la orilla. Era un ruido que lo calmaba.
Y luego se despertaba y tenía que ir al baño.
Tenía el sueño todas las noches y, a veces, más de una vez en una noche. Pero siempre se despertaba, como si estuviera olvidando algo, algo muy, muy importante.
– Estúpido -se decía a sí mismo-. No eres más que un chaval estúpido.
